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Convivencia familiar policial

Si en lugar de haberlo leído en un periódico me lo hubieran contado, no le habría dado mayor crédito al considerar la noticia como un mal chiste.
Desgraciadamente, parece que el asunto es veraz y lejos de resultar cómico, se asemeja a una tragedia que podría devenir en un futuro no muy lejano, en la ruptura de los lazos fraternos entre unos padres y su hija.

La Guardia Civil detiene a un matrimonio por ‘detención ilegal’ de su hija de 16 años.

Ese es el titular.
Los padres la habían castigado ‘sin salir de casa’ y ella, saltándose olímpicamente la prohibición, salió para denunciar a sus padres ante la Guardia Civil, que detuvo al padre… Y de paso a la madre, como colaboradora por no oponerse al castigo. La causa está ahora en manos de un juzgado y de la Fiscalía de Menores, que deben determinar si se ha vulnerado la integridad de una ciudadana que no tiene todavía la mayoría de edad.
Mientras, la niña se encuentra en un centro de acogida de la Junta de Andalucía. Quiero imaginar, que con permiso absoluto para salir cuando le dé la real gana, ya que de lo contrario, la Guardia Civil debería detener también a los responsables del centro de acogida o a quienes le nieguen ese derecho.

Según parece ‘el castigo’ se le impuso por su mal comportamiento, y con el Código Penal en la mano los agentes consideraron la posibilidad de una conducta delictiva que atentaba contra el deber familiar de proteger a una menor (?)… Lo que me lleva a pensar, que desde ahora debemos considerar que la protección de nuestros hijos pasa por permitirles salir de casa cuándo y con quién quieran, sin ponerles trabas para que regresen a la hora y en el estado en que les apetezca. Que para eso son menores, conocen perfectamente sus derechos aunque ignoren sus obligaciones, y podrían tener a su favor el Código Penal.

¿Y los padres qué tenemos? ¡Nada! Salvo obligaciones y responsabilidades. ¡Ah! Y el Código Penal en contra.
¿Qué los menores vuelven drogados?… Pues los apuntamos a un centro de desintoxicación, empeñándonos hasta las cejas para que nuestros hijos se recuperen.
¿Qué las niñas acaban embarazadas sin saber cómo ni por quién?… Sin problemas. Para eso estarán los abuelos, que se ocuparán de sus nietos como lo harían de una bendición del cielo.
¿Qué terminan en la cárcel porque al final no sabían dónde terminaban sus derechos?… Pues ya iremos cada fin de semana a visitarlos al talego y les dejaremos unos eurillos para tabaco… o drogas.

Aunque la sentencia todavía no se conoce, ¿qué lectura debemos hacer los padres de esta BARBARIDAD? ¿Con qué autoridad les diremos a nuestros hijos que si no se comportan adecuadamente no saldrán de casa durante un par de fines de semana? ¿Cómo se fomenta la unanimidad entre los progenitores, si el padre castiga y la madre tolera para no ser cómplice? ¿Y qué dirá finalmente la sentencia… Que la niña puede salir y entrar cuando quiera y los padres deberán doblarle la paga?

Si es difícil ser padres, más difícil es ser buenos padres. La tolerancia es una vía de doble sentido, con poca visibilidad y en territorio desconocido salpicado de imprevistos, por la que hay que circular con sumo cuidado para no acabar estrellados. Ser en exceso condescendientes con nuestros hijos, puede llevarnos a situaciones límite de las cuales hay evidencias palpables en las hemerotecas que no viene al caso reiterar aquí porque están en el ánimo de todos.
Todos —también los que hoy somos padres— hemos sido adolescentes alguna vez y hemos tenido que sufrir la rabieta de vernos confinados en casa un fin de semana, por haber llegado tarde, por haber fumado o por haber bebido… O por las tres cosas a la vez; pero lo que nos pareció entonces una injusticia, no hizo que fuéramos a la comisaría a poner una denuncia contra nuestros padres y hoy, varias décadas después, reconocemos que el castigo estaba más que justificado y más de uno, se contuvo al fin de semana siguiente en el número de cubatas y vigiló con más atención el reloj. Pero sobre todo, al repetir situaciones parecidas, esta vez con nuestros hijos, comprendemos el valor de la enseñanza que querían darnos nuestros padres.

Sin temor a equivocarme, afirmaré que este asunto es de los que crean alarma social. Una gran alarma social. Si los padres nos dejamos influir por este ignominioso suceso, podemos hacer dejadez de nuestras obligaciones por miedo a dar con nuestros huesos en la cárcel y nuestros hijos van a tener que acudir en masa a las comisarías para denunciarnos por ello. Así, esta sociedad podría dejar de ser patri/matri-arcal, para convertirse en poli/judi-cial.
Este asunto debió pasar directamente de las manos de la Guardia Civil a las de los Servicios Sociales, que deberían haber sido los encargados de buscar puntos de acercamiento entre padres e hija y de evitar, sobre todo de evitar, que unos padres fueran encarcelados.

Siento pena por los padres de esa niña jienense, que intentando salvaguardar su bien más querido, fueron detenidos como vulgares secuestradores.
Y siento pena por la niña, que es inconsciente del desgarro —quizás irreparable— producido en el corazón de sus padres, que solo con mucho amor puedan quizás olvidar este lamentable episodio que les ha puesto en la cárcel y en los periódicos, por el impulso de una irresponsable. Cuando todo esto se calme, sus amigos tal vez la vitoreen como su heroína particular, como quien ha hecho posible que a muchos padres se les encoja el ombligo. Ella tal vez entonces se sentirá ufana de su victoria y se vea impelida a recomendar a su pandilla que procedan igual en caso necesario… Pero yo quiero decirle, que el capítulo que ha escrito en el libro de su vida, es el que marca una de las mayores vilezas de un hijo para con sus padres. Puede que sus padres la perdonen, pero no olvidarán nunca, tal como afirmó el poeta al señalar que el olvido está lleno de memoria.

Y, niña, tendrás que aprender a convivir con ello a partir de ahora y durante el resto de tu vida, que te deseo larga, muy larga, para que tengas tiempo de meditar y valorar el verdadero alcance de tu acción irresponsable.
El tiempo será el encargado de ponerle precio y pasarte la correspondiente factura.

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