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Hospitales negligentes… Pacientes impacientes

Una vez más, la enésima, un hospital es al parecer responsable de la muerte de una paciente, considerando que ha sido condenado a pagar 100.000 euros.
Me llama la atención que la condena por una muerte, sea idéntica a otra impuesta a un medio de comunicación por denostar al colectivo gay. Cualquiera habría creído que de ninguna forma pudieran ser iguales (mi artículo de ayer: Banderas de libertad). Que el acoso o el insulto cueste 100.000 euros está muy bien, pero que una muerte cueste lo mismo…

Según la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM), que ha condenado al Servicio Madrileño de Salud a pagar esa suma, parece probado que el Hospital 12 de Octubre descuidó la vigilancia necesaria y preceptiva, que pudo evitar que M. G., de 74 años, entrara en coma —estado en el que permaneció durante 22 meses— y falleciese después.

La operación parecía sencilla, casi rutinaria. Una artroplastia total de rodilla que le permitiría volver a caminar con soltura. La fecha era el 8 de enero de 2006. La operación fue bien y la estancia en reanimación también, pero estando ya en planta, por la noche, el paciente entró en coma y nadie se dio cuenta hasta la mañana siguiente.

Según los magistrados “El estado de doña M. requería un control más frecuente”. Según un informe pericial “La cirugía fue impecable, y también la vigilancia durante las primeras 11 horas, pero el gran problema está entre las 12 y las siete de la mañana”. En ese período, M.G. ya estaba en una habitación, en planta. Según el perito, en esas horas “no consta que se hayan vigilado, ni su estado clínico, ni sus constantes vitales. Lo que probablemente ocurrió en esas horas es un bache hipotensivo que llevó a la paciente a una situación anóxica irreversible”. Es decir, que a doña M. ningún profesional le tomó la tensión durante toda la noche, así que cuando le bajó nadie se dio cuenta. Y entró en coma.

Tampoco su hija, que pasó con ella toda la noche, se percató de lo que sucedía. Parecía dormida. El perito señala que “al menos se debería haber ordenado una vigilancia constante en planta”. Algo tan sencillo como “que pasara la enfermera cada dos horas y tomara la tensión”, porque M. G. era una paciente “con alto riesgo de complicaciones”, tal y como sabía el equipo que la atendió y también refleja el perito en su informe. Padecía obesidad mórbida, hipertensión y otras enfermedades. Además, en el postoperatorio le tuvieron que hacer dos transfusiones. “Si hubiera estado esa noche en reanimación, esto no hubiera pasado; al bajar la tensión la máquina habría pitado”, afirma su hija, que añade que en la habitación “no entró absolutamente nadie en toda la noche”. Hasta las ocho y cuarto de la mañana nadie advirtió que había entrado en coma.
Informa El País.

Quizás por haberlo vivido de cerca, ya no me sorprendo de que estas cosas sigan ocurriendo. Aunque el grupo de enfermería que atiende una planta es muy reducido por las noches —se supone que porque hay poco trabajo, aunque también sospecho que puedan influir las reducciones de plantilla—, esa noche habrían no menos de cuatro personas al cuidado de los enfermos… o tal vez fueran dos, no lo sé, ¿qué hacían durante esas siete horas desde la medianoche? ¿Qué les entretuvo tanto que no entraron ni una sola vez en la habitación de una mujer sensible a los riesgos descritos y que acababa de ser intervenida? Quizás pensaron que no era necesario porque, como estaba la hija con ella, si surgía algún problema les advertiría. Craso error. Los hijos de los pacientes no tienen por qué ser expertos en enfermería para diferenciar un sueño apacible de un coma. Y desde luego, los acompañantes de los pacientes acostumbran a llevarse el bocadillo para una larga noche, el agua y hasta un poco de café en un termo también, —¿por qué rivalizarán en precios los hospitales con las discotecas, a la hora de fijar las tarifas astronómicas que cobran en las máquinas expendedoras o en las propias cafeterías por agua, infusiones y alimentos necesarios? ¿Es que piensan que uno cuando se aburre se dice “me voy al hospital a echar el rato y a tomarme un cafetito”?— pero no se lleva de casa un tensiómetro o un estetoscopio para entretenerse indagando cómo van las cosas en el organismo de su familiar. Así pues, ¿qué otras tareas tenían esa noche l@s profesionales de esa planta que motivaron que durante siete horas no pudieran hacer una visita rutinaria a M. G.? Pero si el perito lo tiene claro, yo también. ¿Ordenó el cirujano o bien el médico de guardia que se hicieran esas vigilancias durante la noche o tal vez no era preciso porque eso ya forma parte del protocolo hospitalario? ¿Quién o quiénes son los verdaderos responsables de esa desatención?

Bienvenida sea la condena, porque al menos establece que las cosas no se hicieron bien ese día en ese hospital y la justicia ha hecho ya lo único que se puede hacer en estos casos: cuantificar el valor de una vida perdida estúpidamente.

Pero, ya de visita en el hospital —desde luego no una visita deseada—, recordemos todos esas cosas que llaman poderosamente la atención a cualquiera que esté medianamente atento. Detalles que convendría ir desechando cuanto antes.

Sin abandonar la planta donde estamos recluidos, muy a nuestro pesar, una de las primeras cosas que intentaremos hacer es, desde luego, no agobiarnos excesivamente. Convendrá que antes de ingresar vayamos bien pertrechados de monedas, porque ver la tele no es gratis; hay que buscar ingresos como sea y una buena medida por parte de la dirección de todo centro hospitalario es saquear a los pacientes que quieran ver el telediario, el partido o la corrida de toros.

Además, estaría bien llevar una imagen del santo de nuestra devoción, a quien le pediremos con todo nuestro fervor que el acompañante de habitación que nos toque —sea en suerte o en desgracia— no sea un pejiguera; que no ronque ni nos ametralle por las noches con una salva de ventosidades pestilentes pero, sobre todo, sobre todo, que no sea el presidente del club de fans —o uno de sus miembros más activos— de Belén Esteban o Jorge Javier Vázquez, porque lo tendremos crudo si queremos ver otra cosa en la tele, ya que su práctica habitual será la de inundar literalmente el monedero de la caja tonta antes de que podamos hacerlo nosotros… ¡Y a ver quién es el guapo que le discute después su derecho a ver lo que le dé la real gana y por lo cual ya ha pagado! Se me ocurre que también en esto se tendría que establecer unos derechos del paciente, que evitaran este tipo de abusos. Porque lo son.

Bien. Estaba con la pasta que le cuesta a cualquiera ingresar a un familiar o a un amigo en un hospital, ya que suelen ser los visitantes quienes surten de monedas al paciente —nosotros le tendríamos que pasar la factura a la Seguridad Social por eso y no ellos a nosotros por lo que le cuesta extirparnos el apéndice, cuando a lo largo de nuestra vida lo única cosa que nos ha extirpado ha sido la cartera mes a mes, con unas cuotas desorbitadas por unos servicios que nos ha prestado siempre tarde y a menudo mal—, así que les pediremos vehementemente a tod@s que ni se les ocurra ponerse enfermos y así nos gastamos ese dineral en una buena cena donde de verdad se come bien: fuera de un hospital.

Decía… que además del ultraje a nuestro monedero para ver la TVE1 que es gratis —bueno, gratis no, que ya la pagamos con nuestros impuestos— otra fuente de ingresos seguros para todo hospital, es el botín directo recaudado a expensas de familiares y amigos que vienen a vernos —algunos más que otros, también es verdad— y que además de las monedas que espléndidamente nos obsequian, se toman un café… y otro… y una cerveza… y una coca-cola… y ya de paso nos dejan algunos litros de agua que pagan a un precio mayor que el de la gasolina, para que no nos tengamos que levantar. Y, naturalmente, como algunos vienen de lejos, pues se quedan a comer en la cafetería del centro, donde con mucha suerte —pero mucha, mucha suerte, aunque la suerte no existe, ¿verdad? —podrán dar buena cuenta de un menú distinto —pero más caro que el del restaurante que hay fuera del recinto hospitalario— del que comen los pacientes ingresados.
Por cierto, ¿por qué se dirá tanto que la comida de hospital es horrible? Que yo sepa, ningún cliente se ha muerto de hambre en un hospital… A lo sumo, ha perdido diez kilos.

Ya sin blanca, preocupémonos del ambiente que se respira en la habitación, en cualquiera, la de nuestro abuelo por ejemplo.
El anciano, que está ya más que harto de trabajar, de pagar facturas y de que encima le sableen sus hijos y nietos, solo aspira a encontrar un poco de paz ahora que está ingresado lejos de los suyos. Claro está, el abuelo ignora lo mucho que le queremos todos, así que ¿cómo le vamos a dejar solo en este trance? Sin ponernos de acuerdo en cuanto al régimen de visitas —algún día lo tendrá que hacer un juez— nos vamos en grupo todos a la misma hora.
El abuelo fue un hombre que tuvo muy claro eso de hacer grande España, así que, en los ratos de ocio y siempre que no hubiera toros en la tele, se dedicaba a darle un disgusto de nueve meses a la abuela… Casi uno por año, hasta que la abuela descubrió que cuando no había toros había fútbol y cuando no, cualquier otra cosa…, como un dolor fuerte de cabeza, con lo cual pudo rebajar un tanto los disgustos.
Así pues, la numerosa prole de 8 o 9 hijos, con sus correspondientes, además de los pequeños —que los más grandes tienen otros planes— se van de acampada con el abuelo.

Los más tempraneros disfrutarán de unos momentos de paz con él, hasta que llegue la siguiente horda de parientes, que entrarán a la habitación en tromba gritando, apretujando y besuqueando a un hombre cuya piel no está ya para esos martirios y que si lo llega a saber antes, se hubiera metido en el río cada vez que le subiera la temperatura y la abuela anduviera cerca, ahorrándose ahora también unos cuantos disgustos.

Los primeros visitantes en llegar, deberían entonces salir un rato para desahogar —y airear— la habitación, permitiendo que los recién llegados puedan estar con el enfermo, pero como la familia, por lo general, sólo se ve en Bodas, Banquetes y Comuniones —¿lo pillan?— además de en nacimientos y defunciones —¡ah, sí… también a veces en Navidad!— y además hay tantas cosas que decir —y sobre todo recriminar a los otros, estén o no estén presentes—, pues ya que están casi todos, nada mejor que restregarse los problemas mutuos… solo para ponerlos de manifiesto: ¡y qué…! ¿Cómo estáis? ¿Qué ha sido de la niña… hace tiempo que no sé nada…? —Primero cordiales, para confiar al enemigo y después entrar a matar¡Anda que me llamó para invitarme a la boda…! ¡Pues te llamó lo menos media docena de veces y no le cogiste el móvil, y entonces te dejó unos recados en el buzón esperando que tú le llamaras…!
Ahora todo el mundo tiene móvil por eso, porque si no le interesa cogerlo siempre puede decir que lo tenía en silencio o con mala cobertura porque estaba en un viaje por la sierra. El que llamó puede hacerlo con un solo timbrazo y después colgar sin dar tiempo a que le contesten, para que sea el otro quien responda a la llamada de un número que no conoce —¡maldita curiosidad!—, para encontrarse con alguien que sí conoce pero con quien hubiera preferido no tener que hablar —y encima pagando la llamada que el otro tiene un interés sospechoso en alargar indefinidamente con temas insulsos— y que resulta que cambió de número —y no lo se dio— y que prefiere que sus conversaciones las paguen otros—
¡Pues dile que al menos me mande una foto! ¡Y el niño…, otro que tal baila; que fue padre y me lo dijo a los catorce meses…! Es que sabía que andábais mal de dinero y no quiso comprometeros para que le hiciéseis un regalo!
Acostumbra a suceder que el que más habla es también el que lo hace más fuerte, por lo que al cabo de un rato los inquilinos y familiares de las habitaciones vecinas —o de la propia—, se asoman como por descuido, a ver qué pasa. Siempre la curiosidad.

Mientras se producen conversaciones discusiones muy parecidas a esta, en el fondo y en la forma, el abuelo se ha ido encogiendo entre las sábanas, no por el peso de los años y la fatiga, sino por el de la vergüenza ajena que está sintiendo, al tiempo que los familiares del paciente de al lado —dos como mucho, porque si nosotros somos ciento y la madre, ellos son siempre pocos y discretos, algo así como la familia ideal ¿a que es curioso? se me ocurre que el hospital tiene algo que ver en esa distribución de las familias de cada habitación…— no se pierden detalle de la escena, intentado disimular con frases incoherentes y vanas, el bochorno que están sintiendo en silencio —a veces alguno estalla y pide un poco de por favor en consideración a los pacientes— por cuanto acontece en la cama de al lado.

Al fin, aparece un guardia de seguridad —o una enfermera, a quien nadie le discute su autoridad— que nos exige que hagamos menos ruido, acompañando la orden con la indicación de que solo puede haber dos visitas por enfermo, al tiempo que echa al pasillo a las seis restantes, que salen de la habitación sin ningún tipo de culpa y comentando que “dentro de un rato, cuando se haya olvidado, volvemos”.
Y como llegaron, en tropel, se marchan casi todos al mismo tiempo, sin organizar un turno de visitas para el siguiente día… si es que hay otro día, dejando al abuelo más alegre que mientras estaban con él y bastante más avergonzado, porque por el rabillo del ojo nota como le miran con lástima sus convecinos, que seguramente se estarán preguntando en qué tienda de gangas encontró una familia así. ¡Ay, si de joven hubiera contenido un poco más sus ansias…!
En el extremo opuesto, una amiga me comentaba recientemente los berrinches que cogía a causa de que fueran las enfermeras las que todos días entraban en la habitación gritando, mientras ella hablaba por teléfono o dormía, por lo que las invitaba también a que fueran más respetuosas con su descanso. Ya vemos entonces que esa falta de sigilo invade los dos sentidos de circulación.

Y después… ya fuera del horario de visitas…
El silencio y la paz. Esos grandes desconocidos que tanto anhelamos cuando nuestra salud o estado de ánimo están por los suelos.

Una vez solos los pacientes en sus habitaciones, cenados y medicados, sin otra tarea que la de entregarse al descanso profundo y reparador de los estragos sufridos por las visitas de sus familiares más belicosos, el turno de noche de una planta hospitalaria se prepara para una larga jornada.
A medianoche hay que repartir —o no— el tentempié que ayudará a la tropa acuartelada a pasar la noche sin hambre —un yogur o un vaso de leche con galletas—, por lo que el trasiego de los carros —con los alimentos o las medicinas—, con su característico estruendo a lata en la quietud de la noche, nos despierta bruscamente del sueño más bonito que habíamos tenido nunca. ¿No podríamos haberlo soñado en casa, donde nadie nos despertaba? ¡A la porra el descanso! Ya sabemos que nos costará tres horas, por lo menos, volver a quedarnos dormidos. El vecino de al lado lo tiene mejor: ronca como un poseído… ese se duerme rápido, ya lo sabemos. Pero, honestamente, para ser sinceros con nosotros mismos, lo que nos gustaría de verdad, es que la enfermera, en vez de entrar con un fuerte taconeo pronunciando nuestro nombre con voz atronadora diciendo ¡José/Pepita, venga, un yogurtito para que duermas mejor!, nos zarandeara suavemente en un brazo o mejor en la mano —hasta que tuviéramos que dejar de hacernos los dormidos, porque ya nos despertó el carrito— y nos dijera con voz melosa y susurrante José/Pepita… ¿qué quieres, cariño, un yogur o un vasito de leche con galletas?Y al comunicarle nuestras preferencias mientras se nos atragantaban las palabras, nos contestara: ¡Vale, cielo, ahora mismito te lo traigo…, no te duermas todavía, que enseguida vuelvo! ¡Cuando lo que desearíamos sería dormirnos en ese momento!
¡En fin! Soñar despiertos también es una opción.

Y acabado el resopón de medianoche, con algunos pacientes aquejados de insomnio…, empieza el Gran Misterio.
¿Qué hace el personal de planta de cualquier hospital en el intervalo comprendido, más o menos, entre la 1 y las 6 de la madrugada, que es cuando llega el siguiente turno, con acompañamiento de fanfarrias en forma de grandes risas, sonido de tambores en los tacones de los zapatos y notificaciones interminables de los guasaps? Porque no falla: las 6 de la mañana, es la hora del toque de diana en todos los hospitales; haber dormido o no, es intrascendente. A esa hora ya no duerme ni el apuntador, aunque el médico le haya prescrito una cura de sueño.

Diferentes personas a lo largo de mis años ante el micrófono, han coincidido en el relato de que además de cumplir con los protocolos de vigilancia —aunque sepamos que a veces se descuidan— y administración de medicamentos pautados a algunos de los ingresados —con mayor o menor diligencia, todo hay que decirlo, pero con gran profusión de ruido, de voces, carros y zapatos en todos ellos— se lo pasan pipa a juzgar por el coro de risas que suelen escucharse cuando el silencio se adueña de la noche.
Algo tendrá el agua cuando la bendicen. No es objeto de trueque el que, en vez de reír, se pongan a dormir, pero sí sería bueno que respetaran el sueño de los pacientes.

Descansar, por lo tanto, en un hospital es imposible…, pero sería deseable. Quizás por eso no debería sorprendernos que al recibir el alta, los enfermos salgan más desmejorados de lo que entraron, y que de vuelta a casa coman como lobos y duerman como benditos.

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